De mente y cuerpo

 Tan delicada es la distinción entre mente y cuerpo, que los científicos aún debaten sobre qué modelos utilizar para referirse a lo que llaman la conciencia, consciousness, y todavía no logran dar en el tino sobre qué significa todo eso y cómo se produce el fenómeno del conocimiento, el estar consciente, en pleno uso de conciencia.

En mi caso, son pocos los pensamientos que surgen en mi mente, por tiempo, en que, espontáneamente, dentro de mi conciencia, se produzca un dictamen mental que se refleje en la naturaleza. Usualmente, provienen de un lado u otro. A veces, ambos. Y, muchas veces, he tenido ideas que han resultado ser pura basura, equívocas, mal concebidas y absolutamente desastrosas, resultando en pérdidas en múltiples categorías existenciales. Dígase, dinero, tiempo, esfuerzo, lágrimas, espacio, relaciones interpersonales, reputación, posibilidades, salud, la soberanía sobre mí mismo, propiedad intelectual, entre otras. En estado de recuperación, rehabilitación, enfocado en mejorar como persona, he desarrollado ciertas técnicas y prácticas psicosomáticas para lidiar con el trauma y el stress cotidiano que resulta de la interacción con otras personas. Porque, claramente, hay muchas mentes diferentes en este planeta y precisar en qué estamos de acuerdo no es un asunto tan fácil de concertar.

Por ejemplo, uno de los primeros ejercicios que desarrollé fue el siguiente. Sal a la ciudad a dar una caminata y con cada persona que te encuentres, imagina un rayo de energía que fluye de tu cuerpo hacia el suyo. Para no hacerlo tan aburrido, puedes, a gusto, decidir cuántos rayos imaginar y en qué dirección, orientación y conformación. Colores, si te da la gana. En fin, este ejercicio solo ocupa tus pensamientos, prestándole atención a lo imaginario, obligando a la conciencia a ignorar el shock causado por la presencia de la persona a quien se imagina cualquier rayo de energía, como estipulado previamente. Este shock, que puede suceder al identificar los signos con que muchos prendan de sus cuerpos, conciente o inconscientemente, para significar determinada ideología o comportamiento, no puede ser adjudicado a ellos, sino a alguna incompatibilidad entre los nuevos ideales encontrados en la perfección del amor hacia las demás personas y los antiguos hábitos, frutos de aquellos ideales que hemos encontrado faltan al amor a los demás.

Recientemente, he estado practicando el vaciarme. Me refiero a pensamientos, principalmente. Aunque he progresado bastante, todavía me falta mucho más por mejorar. Pero, gracias a estas prácticas psicosomáticas, he podido mitigar, a cierta escala, los efectos emocionales de los traumas que me quedan por tratar. Cabe notar que existe una diferencia entre percibir e interpretar signos puestos por otras personas y forzarlas a presentar alguno. La primera suele ser inevitable mientras, la última, una falta de respeto. Los anuncios comerciales que se nos presentan a diario explotan esa inevitabilidad para hacernos conscientes de algún producto en el mercado, o de algún hecho que deberíamos considerar. Convénganos o no, estamos obligados a tomar cierta posición, a juzgar el valor de lo que se nos presenta tan descaradamente, si hemos de ser responsables por nuestros pensamientos; si hemos de tener limpia nuestra conciencia tranquila.

Si al vaciarnos, nos despojamos de pensamientos esporádicos, de toda clase de pretensiones, de expectativas y quizás, de hasta la conciencia misma, nos humillamos grandemente, forzando al cuerpo basal y material a hacerse cargo de sí mismo; a actuar por naturaleza, por instinto. En esta condición, puede uno hacer la voluntad de Dios, o por lo menos, liberar la mente, temporalmente, del cuerpo para experimentar el éxtasis de la gracia divina al entregarse completamente a Dios. Es el haciéndonos nada como nos acercamos a Jesucristo que “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.” (Filipenses 2; 7-8.)  Si, en cambio, despejamos la mente para apreciar mejor las sensaciones que se perciben, para tener una experiencia estética, estamos empleando nuestra atención a los sentidos. A saber: gusto, olfato, tacto, visión y audición. Nos dejamos afectar por nuestras sensaciones y percepciones; no estamos libres de nuestro cuerpo. La mente contiene pensamientos cognitivos y complejos que impiden experimentar un éxtasis divino, por más placentera que sea la experiencia estética en cuestión.

Resulta que el conocer el propio cuerpo es parte integral de conocerse a sí mismo. Hacerse cargo de él y de su cuidado es una base fundamental de querer seguir viviendo. Del Ímpetu Vital que se nos ha otorgado el instante de nuestra concepción. Parecería contradictorio el que, olvidándonos de nuestro cuerpo, o de nosotros mismos, hagamos buen uso del susodicho Ímpetu Vital. Pero, en última instancia, sin incurrir en negligencias, el Ímpetu Vital tiene una fuente, proviene de Dios mismo y permea toda Su Creación. De forma tal que, lo que de Dios proviene, a Dios regresa, para que nada se haga sin que Él no lo quiera o sepa. El renunciar de la propia vida, puede ser renunciar de Dios. Pero entregándose a Él, es facilitarle al Ímpetu Vital su último destino: regresar a Dios mismo. Note que lo que regresa es el Ímpetu Vital. El alma de cada cual, es asunto distinto y cuyo retorno a él o perdición infernal queda a discreción de Dios mismo.

No quiero, de esta forma, emancipar al individuo de responder por su voluntad y sus acciones. Aunque todos hemos de morir en algún momento, la relación que cada cual tenga con Dios, es particular a cada individuo y no es asunto de más nadie que de cada uno con Dios. Así, que el querer elucubrar signos en otras personas, el intentar encajonar a alguien con estructuras o conceptos que le resten a su dignidad o libertad como persona sea faltarle el respeto y violar sus derechos humanos, los cuales son inalienables. Sobre ello tendrán que responder aquellos quienes incurren en estas prácticas, a sabiendas de que faltan al amor al prójimo. Jesucristo mismo nos mandó a amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a uno mismo. A amarnos como Él mismo nos ama. Hasta el extremo.

Conocer nuestro cuerpo conlleva conocer sus límites y sus flaquezas, así como sus métodos de aprendizaje. De esta manera, logramos convertirnos en mejores personas, fortaleciendo nuestro espíritu, creando hábitos y rutinas que representen nuestros ideales y disciplinas, presentándonos al mundo como somos; presentando sus signos libremente. Pues no hay nadie más humilde que quien se presenta a sí mismo conscientemente. Quien se conoce a sí mismo más que a cualquier otra persona solo puede atestar sobre quién uno es o una sea. Sobre cuánto se conozca uno y cómo se mida aquello, con intención de compararlo con otras personas, considerarlo ya casi raya en una falta de moralidad, a no ser por que no sabemos, no podemos saber qué ignoramos. Si buscamos saber más sobre nosotros mismos, quisiéramos saber qué ignoramos sobre nosotros mismos, como las implicaciones de nuestra existencia y, por lo tanto, nuestras responsabilidades.

Esta investigación sistemática, este inventario existencial, equivalente a un examen de conciencia, nos lleva a considerar qué podemos mejorar en la perfección del amor. Para esto, hay que arrepentirse de los pecados propios, renunciar a ellos y a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones. Al aceptar a Jesucristo en nuestras vidas y en nuestros corazones, los bautizados somos otorgados el perdón de nuestros pecados, dada la penitencia, la restitución por daños y la corrección interna de los hábitos y demás flaquezas y una mejor apreciación de lo que son las cosas, de quién uno es y de qué significa nuestra existencia en este mundo que Dios ha creado. De modo tal que consideremos teorías sobre la conciencia y exploremos las relaciones entre nuestra mente y nuestro cuerpo y, por consecuencia, las habilidades que uno tenga para posibilitar el bienestar común y el propio y ponerlas al servicio de Dios, que es Amor, que nos ama y nos tiende su más Divina Misericordia para que lleguemos a la salvación, que es nuestro objetivo y que significa gozar de compañía divina para siempre, el día del Juicio Final. Un Dios que es bueno y que es toda Santidad.

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